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Traducido por Paovalera y Virtxu
Corregido por Sera
oy es domingo. Hoy es el 80° cumpleaños del abuelo, así que morirá esta
noche.
La gente solía despertarse y preguntarse, "¿Será hoy, el final de mis días?"
o simplemente se duermen, sin saber si volverán a despertar de la
oscuridad. Ahora, sabemos cuál será el día final de la luz o cual noche será la
larga noche final. El banquete Final es todo un lujo. Un triunfo del
planeamiento, de la Sociedad, de la vida humana y la calidad de la misma.
Todos los estudios muestran que la mejor edad para morir es ochenta. Lo
suficientemente largo como para poder tener una experiencia de vida completa,
pero no tanto como para sentirnos inútiles. Ese es el peor sentimiento que los
mayores pueden tener. En sociedades anteriores a la nuestra, podían obtener
terribles enfermedades, como depresión, porque ya no se sentían necesitados. Y
también hay un límite en lo que la Sociedad puede hacer. No podemos cargar
con todas las cosas que nos persiguen cuando pasamos los ochentas. Emparejar
para unos genes saludables si nos puede llevar lejos.
Las cosas no solían ser así de justas. En los viejos tiempos, no todos morían a la
misma edad y había todo tipo de problemas e inseguridad. Podía morir en
cualquier parte —en la calle, en un centro médico como lo hizo mi abuela, hasta
en un Tren. Podías morir solo.
Nadie debería morir solo.
Es muy temprano, azul claro y rosa pálido, mientras llegamos al casi vacío Tren
de aire y caminamos por el bordillo de cemento hacia la puerta del edificio del
abuelo. Quiero salirme del camino, quitarme los zapatos y caminar con mis pies
desnudos en el frío y húmedo césped, pero hoy no es un día para desviarse de
lo planeado. Mis padres, Bram y yo estamos callados, pensando. Ninguno de
nosotros tiene trabajo u horas de lecciones. Hoy es para el abuelo. Mañana, las
cosas volverán a la normalidad, nosotros lo superaremos y él se habrá ido.
H
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FORO PURPLE ROSE
Es lo esperado. Es lo justo. Me recordé aquello a mí misma mientras subíamos
por el ascensor.
—Tú puedes presionar el botón —le digo a Bram, tratando de bromear con él.
Bram y yo solíamos pelear por quien presionaría el botón cuando veníamos de
visita. Bram sonríe y presiona el 10. Por última vez, me digo a mí misma.
Después de hoy, no habrá abuelo a quien visitar. No tendremos razón alguna
para volver.
La mayoría de los padres no llegan conocer a sus abuelos así de bien. La clase
de relación que tengo con mis abuelos en Farmlands es más común. Nos
comunicamos a través de un port cada pocos meses y los visitamos cada pocos
años. Muchos chicos ven el Banquete Final a través de la pantalla de un port,
además de estar un paso atrás de lo que realmente está ocurriendo. Nunca
envidié a esos chicos; siento pena por ellos. Incluso hoy, me siento de esa
manera.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que aparezca el Comité? —Bram le
preguntó a mi papá.
—Media hora aproximadamente —responde mi padre—. ¿Todos tienen sus
regalos?
Asentimos. Cada uno de nosotros ha traído algo que darle al abuelo. No estoy
segura de lo que mis padres escogieron para él, pero sé que Bram fue al
Arboretum en busca de una roca que estuviera lo más cerca posible de la colina.
Bram me sorprende mirándolo de nuevo, y abre la palma de su mano para
mostrarme la roca. Es redonda, marrón y sigue un poco sucia. Parece un huevo,
y cuando la trajo ayer, me dijo que la había encontrado debajo de un árbol sobre
una pila de paja que parecía un nido.
—La amará —le dije a Bram.
—También amará tu regalo. —Bram cierra su puño alrededor de la roca. Las
puertas se abren y nos abrimos paso por el recibidor.
Le hice una carta al abuelo como regalo. Me desperté temprano esta mañana y
pasé un tiempo copiando y pegando sentimientos en el proceso de elaboración
de la carta en un programa de la PC. Antes de imprimir la carta, encontré un
poema de la década en la que él nació y la incluí. No muchas personas se
interesan en la poesía después de terminar la escuela, pero al abuelo siempre le
ha gustado. El lee los Cien Poemas una y otra vez.
Una de las puertas por el pasillo se abre y una mujer asoma su cabeza.
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FORO PURPLE ROSE
—¿Van al banquete por el Sr. Reyes? —pregunta, y ni siquiera espera nuestra
respuesta—. Es privado, ¿cierto?
—Lo es —dice mi padre, deteniéndose educadamente para hablar con ella, a
pesar de que muere por ver a su padre. Él no puede evitar mirar hacia la puerta
cerrada del abuelo.
La mujer gruñe un poco.
—Desearía que fuera público. Me gustaría ir para coger algunas ideas. Mi
banquete es en menos de dos meses. Puedes apostar a que será público. —Se ríe
un poco, un corto y profundo sonido, luego pregunta—. ¿Puedes venir y
contarme como es después de todo?
Mi madre llega al rescate, como siempre hacen el uno por el otro.
—Quizás —dice Mamá, sonriendo, toma la mano de mi padre y le da la espalda
a la mujer.
Escuchamos un suspiro de decepción y luego el clic de una puerta detrás de
nosotros cuando la mujer cierra la puerta. La placa de la puerta decía Sra. Nash,
y recuerdo que el abuelo nos había hablado sobre ella. Ruidosa, la describió.
—¿No podría esperar por su turno, en vez de hablar de ello en el día del
abuelo? —Bram susurra, abriendo la puerta de la residencia del abuelo.
Ya se siente como un lugar diferente. Más silencioso. Un poco más solo. Creo
que es porque el abuelo ya no está sentado al lado de la ventana. Hoy, el
descansa en una cama en la sala de estar mientras su cuerpo se apaga. Justo a
tiempo.
—¿Me podrían mover hasta estar junto a la ventana? —El abuelo pregunta,
después de saludarnos a todos.
—Por supuesto. —Mi padre alcanza los bordes de la cama y empuja de ella
suavemente hasta la suave luz de la mañana—. ¿Recuerdas cuando hiciste esto
por mí? ¿Cuándo tenía todos esos sueños de pequeño?
El abuelo sonríe.
—Era una casa diferente.
—Y una vista diferente —coincide mi padre—. Todo lo que podía ver era el
jardín delantero y la pista del Tren Aéreo si miraba hacia arriba.
—Pero además de eso estaba el cielo —dijo el abuelo suavemente—. Casi
siempre puedes ver el cielo. Y me pregunto ¿Qué habrá después del cielo? ¿Y
después de esto? Invité a mis amigos a venir, después de que se marche el
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comité —dijo el abuelo—. Y después que se vayan me gustaría estar un tiempo
a solas con cada uno de ustedes. Comenzando contigo, Abran.
Mi padre asiente.
—Por supuesto.
* * *
El comité no se toma mucho tiempo. Ellos llegan, tres mujeres y tres hombres
con largas batas de laboratorio y traen algunas cosas con ellos. Las ropas que
usará el abuelo para el Banquete. Equipo para la preservación del tejido
corporal. Una microtarjeta con la historia de su vida para verla en el port.
Con excepción por la microtarjeta, creo que el abuelo preferirá nuestros regalos.
Después de unos momentos, el abuelo reaparece vistiendo la ropa para el
Banquete. Es ropa sencilla básicamente, pantalones sencillos, una camisa y
calcetines, pero están hechos de un material fino y él ha sido capaz de
seleccionar el color.
Siento que algo se me atora en la garganta cuando veo que el color que ha
elegido para su ropa es un verde claro. Somos muy parecidos. Y me pregunto si
él se daría cuenta de que nuestros Banquetes están muy cerca, porque nacimos
cerca de la misma fecha.
Todos nos sentamos educadamente, el abuelo está en su cama y el resto de
nosotros estamos en sillas, mientras que el comité realiza su parte de la
celebración.
—Sr. Reyes, le presentamos la microtarjeta con imágenes y archivos de su vida
—dicen—. Ha sido recopilado por uno de nuestros mejores historiadores en su
honor.
—Gracias —dice el abuelo, extendiendo su mano.
La caja que contiene la microtarjeta es como la plateada que recibimos cuando
somos emparejados, excepto por el color: dorado. La microtarjeta tiene fotos del
abuelo de niño, adolescente y hombre. Él no ha visto algunas de estas imágenes
en años, y me imagino lo emocionado que está por verlas hoy. La microtarjeta
también incluye un resumen de su vida en palabras, leído por uno de los
historiadores. El abuelo juega con la caja en sus manos como yo lo hice con la
mía no hace mucho en el Banquete de Emparejamiento. Su vida está en sus
manos, al igual que lo estaba la mía.
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Una de las mujeres habla después. Ella parece más gentil que los otros, pero
quizás porque es más menuda y joven que los demás.
—Señor Reyes, ¿ha elegido quién conservará la microtarjeta cuando el día
termine?
—Mi hijo, Abran —dice el abuelo.
Ella sostiene el aparato para las muestras, lo cual, como cortesía final para los
ancianos, La Sociedad permite que se realice de forma privada entre la familia.
—Y estamos encantados de anunciarle que sus datos indican que ha sido
seleccionado para la preservación. No todos califican, como sabrá, y es otro
honor que puedas agregar eso a tu lista de logros.
El abuelo le quita el aparato y le agradece de nuevo. Antes de que ella le
pregunte quien se encargará del asunto, le da la información voluntariamente.
—Mi hijo, Abran, se encargara de esto también.
Ella asiente.
—Simplemente pásese un algodón por la mejilla y coloque la muestra aquí —
ella dice, mostrándole—. Luego séllelo y esto lleva dentro de 24 horas al Centro
de Preservación Biológica. Si no, no podremos garantizar que esa preservación
será efectiva.
Estoy encantada de que el abuelo haya calificado para tener una muestra
biológica congelada. Ahora, para él, la muerte puede que no sea necesariamente
el final. Algún día, la Sociedad, descubrirá la manera de traernos de vuelta a la
vida. Ellos no prometen nada, pero creo que todos sabemos que ocurrirá
eventualmente. ¿Cuándo ha fallado la Sociedad para alcanzar una meta?
El hombre a su lado es el próximo en hablar.
—La comida para tus invitados y tu última comida debería llegar en el
transcurso de una hora. —Él se acerca al abuelo y le entrega una tarjeta de
menú impresa—. ¿Hay alguna modificación de último minuto que le gustaría
hacer?
El abuelo mira la tarjeta y niega con la cabeza.
—Todo parece estar en orden.
—Disfrute su ultimo Banquete entonces —dice el hombre, metiendo la carta en
el bolsillo.
—Gracias. —Hay un gesto extraño en la boca del abuelo mientras él dice esto,
como si supiera algo que ellos no.
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Cuando el Comité se va, todos le estrechan la mano a mi abuelo y le dicen:
"Felicidades". Y juro que puedo leer la mente del abuelo mientras les mira con
ojos penetrantes. ¿Me estas felicitando por mi vida, o por mi muerte?
—Vamos a acabar con esto —dice el abuelo con una chispa en sus ojos, mirando
la colección de dispositivos de tejidos, y todos se ríen de su tono. El abuelo
toma una muestra de su mejilla, pone la muestra en el tubo de vidrio
transparente, y la cierra. Algo de la solemnidad sale de la habitación ya que el
Comité ha desaparecido.
—Todo va muy bien —dice el abuelo, entregando el tubo a mi padre—. Estoy
teniendo una muerte perfecta hasta ahora.
Mi padre hace una mueca, un gesto de dolor cruza su cara. Sé que, que al igual
que yo, preferiría que el abuelo no usara esa palabra, pero ninguno de los dos
piensa en corregir al abuelo este día. El dolor en el rostro de mi padre le hace
parecer más joven, casi como un niño por un momento. Tal vez recuerda la
muerte de su madre —tan inusual, tan difícil en comparación con un Banquete
Final como éste.
Después de hoy, será hijo de nadie.
A pesar de que no quiero, pienso en el niño asesinado de los Markham. No
hubo celebración. No requirió de recogida de tejido, ni despedidas. Eso casi
nunca ocurre, me recuerdo a mí misma. Las probabilidades de que eso ocurra son
casi de un millón a uno.
—Tenemos algunos regalos para ti —le dice Bram al abuelo—. ¿Podemos
dártelos ahora?
—Bram —dice mi padre en tono de reproche—. Quizás él quiera preparar la
microficha para su visualización. Él tiene invitados de camino.
—Yo quiero hacer eso —dice el abuelo—. Estoy esperando ver mi vida pasar
ante mis ojos. Y estoy deseando que llegue la comida.
—¿Qué elegiste? —le pregunta Bram, ansioso. Las selecciones para el abuelo y
sus invitados son las mismas, pero se trata de una ley actual que nosotros
debemos comer la comida de las bandejas y él debe comer la comida de su
plato. No se nos permite compartir.
—Todos postres —dice el abuelo con una sonrisa—. Pastel. Pudín. Galletas. Y
algo más. Pero déjame ver tu regalo antes de hacer nada de eso, Bram.
Bram sonríe.
—Cierra los ojos.
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El abuelo obedece y tiende la mano. Bram sitúa la roca suavemente en la palma
de mi abuelo. Algunas partículas de tierra caen sobre la manta que cubre al
abuelo, y mi madre alarga la mano para limpiarlas. Pero en el último segundo,
retira la mano hacia atrás y sonríe. Al abuelo no le importará la tierra.
—Una roca —dice el abuelo, abriendo los ojos y mirando hacia abajo. Sonríe a
Bram—. Tengo la sensación de que sé donde la encontraste.
Bram sonríe y agacha la cabeza. Mi abuelo se aferra fuertemente a la roca.
—¿Quién sigue, entonces? —pregunta, casi alegremente.
—Me gustaría dar mi regalo más tarde, durante la despedida —dice mi padre
en voz baja.
—Eso no me deja mucho tiempo para disfrutar de él —se burla mi abuelo.
De repente, consciente de mi carta, no quiero que la lea delante de todos, así
que le digo:
—Yo también.
Hay un golpe en la puerta: algunos de los amigos del abuelo. Unos minutos
después de que se les permite la entrada llegan más. Y más. Y a continuación,
llega la nutrición personal, con todos los postres del abuelo —su última comida
y las bandejas separadas para sus invitados.
El abuelo levanta la tapa de su plato y el celestial olor de la fruta caliente llena
la habitación.
—Pensé que te gustaría algo de pastel —dice el abuelo, mirándome. Él me mira,
como el otro día, y le sonrío. A su señal, levanto las cubiertas de las bandejas de
invitados y todos se reúnen alrededor a comer. Yo sirvo a todos los demás
primero y luego cojo mi pedazo de pastel, hojaldrado, cálido y afrutado, y me
llevo un bocado a la boca.
Me pregunto si la muerte siempre tendrá un sabor tan bueno.
Después que todas las personas han dejado sus tenedores y suspiran de
saciedad, hablan con el abuelo, que se recuesta sobre una pila de gruesas
almohadas blancas.
Bram sigue comiendo, atiborrándose a sí mismo picando de todo. El abuelo le
sonríe desde el otro lado de la habitación, divertido.
—Está muy bueno —dice Bram con la boca llena de pastel, y el abuelo se ríe
abiertamente, un sonido tan cálido y familiar que sonrío yo también, y aparto la
mano. Estaba a punto de tocar el brazo de Bram, decirle que saliera de la fiesta.
Pero si al abuelo no le importa, ¿por qué me iba a importar a mí?
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Mi padre no come nada. Él pone un pedazo de pastel en un redondo plato
blanco y luego lo sostiene en sus manos, el jugo se filtra hacia fuera sobre la
porcelana sin que se entere. Una pequeña gota cae al piso cuando se levanta
para decir adiós a los huéspedes del abuelo después de la visualización de la
microtarjeta.
—Gracias por venir —dice papá, y mi madre limpia la gota con la servilleta.
Algunas personas moverán al abuelo cuando él nos deje, y ellos no quieren ver
las señales del Banquete de la persona. Pero no es por eso que mi madre lo hizo,
me doy cuenta. Ella quería quitarle a mi padre toda preocupación, por pequeña
que fuera.
Ella toma el plato de mi padre mientras la puerta se cierra detrás del último
invitado.
—Tiempo para la familia ahora —dice ella, y mi abuelo asiente con la cabeza.
—Gracias a Dios —dice—. Tengo cosas que decirle a cada uno de ustedes.
Hasta el momento, a excepción de ese único momento cuando habló de lo que
podría venir después, el abuelo se ha estado comportando como de costumbre.
He oído que algunos ancianos han sorprendido a todos al final, optando por no
morir con dignidad. Lloran y se enojan y se vuelven locos. Lo único que hace
eso es que sus familias se pongan tristes. No hay nada que podamos hacer al
respecto. Así son las cosas.
Por cierto acuerdo tácito, mi madre, Bram y yo nos vamos a la cocina para dejar
a mi padre hablar con el abuelo en primer lugar. Bram, somnoliento y saciado
por los alimentos, pone su cabeza sobre la mesa y se queda dormido, roncando
suavemente. Mi madre le alisa el pelo castaño rizado con la mano, y yo imagino
que Bram está soñando con postres, con un plato colmado de ellos. Mis ojos se
sienten pesados, también, pero no quiero perderme ninguna parte del último
día de mi abuelo.
Después de mi padre, Bram tiene su turno, y luego mi madre va a hablar con el
abuelo. El regalo que tiene para él es una hoja de su árbol favorito en el
Arboretum. Ella lo recogió ayer, para que los bordes se hubieran puesto
marrones y crujientes pero aún estuviera verde en el centro. Me dijo, mientras
nosotras esperábamos y Bram dormía, que el abuelo había preguntado si podría
tener su Banquete Final en el Arboretum, bajo el cielo azulado. Por supuesto, su
solicitud fue denegada.
Mi turno es el último. Cuando entro en la habitación me doy cuenta de que las
ventanas están abiertas. No es una tarde fría, y siento la brisa soplar urgente y
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caliente por el apartamento. Pronto, sin embargo, será de noche y las cosas
serán más frescas.
—Quería sentir el aire en movimiento —me dice el abuelo cuando me siento en
la silla al lado de su cama.
Le doy el regalo. Él me da las gracias y lo lee.
—Estas son palabras bonitas —dice el abuelo—. Buenos sentimientos.
Me siento contenta, pero puedo decir que hay algo más por venir.
—Pero ninguna de estas palabras son tuyas, Cassia —dice el abuelo
suavemente.
Las lágrimas repican en mis ojos y miro hacia abajo a mis manos. Mis manos
que, como casi todos los demás en nuestra sociedad, no pueden escribir, sino
que sólo saben usar las palabras de los demás. Palabras que han decepcionado a
mi abuelo. Ojalá hubiera traído una piedra como Bram. O nada en absoluto.
Incluso viniendo aquí con las manos vacías hubiera sido menos decepcionante
para el abuelo.
—Tú tienes tus propias palabras, Cassia —me dice el abuelo—. He oído algunas
de ellas, y son hermosas. Y me las has regalado visitándome a menudo. Todavía
me encanta esta carta porque es tuya. No quiero herir tus sentimientos. Quiero
que confíes en tus propias palabras. ¿Lo entiendes?
Miro hacia arriba a sus ojos, e inclino la cabeza, porque sé que es lo que él
quiere que haga, y puedo darle ese regalo, aunque mi carta es un fracaso.
Y entonces pienso en otra cosa. Desde ese día en el Tren de aire, he mantenido
la semilla de álamo en el bolsillo de mi vestido de civil. La saco ahora y se la
doy.
—Ah —dice, lo eleva para mirarlo más de cerca—. Gracias, querida. Mira. Esto
es arrastrado por las nubes de gloria.
Ahora me pregunto si el abuelo se empieza a ir ya. No sé lo que quiere decir.
Echo un vistazo a la puerta, preguntándome si debo conseguir a uno de mis
padres.
—Soy un viejo hipócrita, también —dice, con sus ojos traviesos de nuevo—. Te
dije que usaras tus propias palabras, y ahora te voy a pedir las de otra persona.
Déjame ver tu compacto.
Sorprendida, se lo tiendo. Él lo coge y lo palmea fuertemente contra la palma de
su mano, algo se tuerce. La base del compacto se abre y doy un grito ahogado
cuando un documento cae. Puedo ver de inmediato que es viejo; pesado, espeso
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y cremoso, no manchado y blanco como los rizados papeles que salen de los
puertos o de los escribas.
El abuelo desenrolla el papel con cuidado, gentilmente. Trato de no mirar
demasiado de cerca, en caso de que no quiera que lo vea, pero con una mirada
puedo decir que las palabras que contiene son antiguas, también. Del tipo que
ya no se usan, las letras son pequeñas y negras y apretadamente juntas.
Sus dedos tiemblan, ya sea por el final de su vida acercándose o por lo que tiene
en la mano, no lo sé. Quiero ayudarlo, pero puedo adivinar que es algo que
debe hacer por sí mismo.
No le lleva mucho tiempo el leer el papel, y cuando termina, cierra los ojos. Una
emoción que no puedo descifrar cruza su cara.
Algo profundo.
Luego abre los ojos brillantes, hermosos y mira directamente hacia mí mientras
dobla el papel de nuevo.
—Cassia. Esto es para ti. Es aún más valioso que el compacto.
—Pero‖es‖tan<‖—me detengo antes de que pueda decir la palabra peligrosa.
No hay tiempo. Oigo a mi padre, a mi madre y hermano hablando en el pasillo.
El abuelo me mira con amor en sus ojos, y tiende el papel hacia mí. Un reto, una
ofrenda, un regalo. Después de un momento, lo cojo. Mis dedos se envuelven
alrededor del papel y él lo deja ir.
Él me devuelve el compacto, también, el papel se ajusta perfectamente en el
interior. Cuando el artefacto vuelve a estar cerrado, el abuelo se inclina hacia
mí.
—Cassia —susurra—. Te estoy dando algo que no vas a entender, aún. Pero
creo que algún día lo harás. Tú, más que los demás. Y, recuerda. Está bien
preguntar.
Él permanece un largo rato. Es una hora antes de la medianoche en una noche
azul oscura cuando el abuelo nos mira y dice la mejor de todas las palabras con
las que se puede poner fin a una vida.
—Te amo. Te amo. Te amo. Te amo.
Todos se lo dicen de vuelta. Cada uno a su manera y él sonríe. Él se inclina
hacia atrás en sus almohadas y cierra los ojos.
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Todo dentro de él ha trabajado perfectamente. Él ha vivido una buena vida. Se
termina cuando se supone que es el final, en el momento justo. Estoy
sosteniendo su mano cuando él muere.
Traducido por Paovalera y Virtxu
Corregido por Sera
oy es domingo. Hoy es el 80° cumpleaños del abuelo, así que morirá esta
noche.
La gente solía despertarse y preguntarse, "¿Será hoy, el final de mis días?"
o simplemente se duermen, sin saber si volverán a despertar de la
oscuridad. Ahora, sabemos cuál será el día final de la luz o cual noche será la
larga noche final. El banquete Final es todo un lujo. Un triunfo del
planeamiento, de la Sociedad, de la vida humana y la calidad de la misma.
Todos los estudios muestran que la mejor edad para morir es ochenta. Lo
suficientemente largo como para poder tener una experiencia de vida completa,
pero no tanto como para sentirnos inútiles. Ese es el peor sentimiento que los
mayores pueden tener. En sociedades anteriores a la nuestra, podían obtener
terribles enfermedades, como depresión, porque ya no se sentían necesitados. Y
también hay un límite en lo que la Sociedad puede hacer. No podemos cargar
con todas las cosas que nos persiguen cuando pasamos los ochentas. Emparejar
para unos genes saludables si nos puede llevar lejos.
Las cosas no solían ser así de justas. En los viejos tiempos, no todos morían a la
misma edad y había todo tipo de problemas e inseguridad. Podía morir en
cualquier parte —en la calle, en un centro médico como lo hizo mi abuela, hasta
en un Tren. Podías morir solo.
Nadie debería morir solo.
Es muy temprano, azul claro y rosa pálido, mientras llegamos al casi vacío Tren
de aire y caminamos por el bordillo de cemento hacia la puerta del edificio del
abuelo. Quiero salirme del camino, quitarme los zapatos y caminar con mis pies
desnudos en el frío y húmedo césped, pero hoy no es un día para desviarse de
lo planeado. Mis padres, Bram y yo estamos callados, pensando. Ninguno de
nosotros tiene trabajo u horas de lecciones. Hoy es para el abuelo. Mañana, las
cosas volverán a la normalidad, nosotros lo superaremos y él se habrá ido.
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Es lo esperado. Es lo justo. Me recordé aquello a mí misma mientras subíamos
por el ascensor.
—Tú puedes presionar el botón —le digo a Bram, tratando de bromear con él.
Bram y yo solíamos pelear por quien presionaría el botón cuando veníamos de
visita. Bram sonríe y presiona el 10. Por última vez, me digo a mí misma.
Después de hoy, no habrá abuelo a quien visitar. No tendremos razón alguna
para volver.
La mayoría de los padres no llegan conocer a sus abuelos así de bien. La clase
de relación que tengo con mis abuelos en Farmlands es más común. Nos
comunicamos a través de un port cada pocos meses y los visitamos cada pocos
años. Muchos chicos ven el Banquete Final a través de la pantalla de un port,
además de estar un paso atrás de lo que realmente está ocurriendo. Nunca
envidié a esos chicos; siento pena por ellos. Incluso hoy, me siento de esa
manera.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que aparezca el Comité? —Bram le
preguntó a mi papá.
—Media hora aproximadamente —responde mi padre—. ¿Todos tienen sus
regalos?
Asentimos. Cada uno de nosotros ha traído algo que darle al abuelo. No estoy
segura de lo que mis padres escogieron para él, pero sé que Bram fue al
Arboretum en busca de una roca que estuviera lo más cerca posible de la colina.
Bram me sorprende mirándolo de nuevo, y abre la palma de su mano para
mostrarme la roca. Es redonda, marrón y sigue un poco sucia. Parece un huevo,
y cuando la trajo ayer, me dijo que la había encontrado debajo de un árbol sobre
una pila de paja que parecía un nido.
—La amará —le dije a Bram.
—También amará tu regalo. —Bram cierra su puño alrededor de la roca. Las
puertas se abren y nos abrimos paso por el recibidor.
Le hice una carta al abuelo como regalo. Me desperté temprano esta mañana y
pasé un tiempo copiando y pegando sentimientos en el proceso de elaboración
de la carta en un programa de la PC. Antes de imprimir la carta, encontré un
poema de la década en la que él nació y la incluí. No muchas personas se
interesan en la poesía después de terminar la escuela, pero al abuelo siempre le
ha gustado. El lee los Cien Poemas una y otra vez.
Una de las puertas por el pasillo se abre y una mujer asoma su cabeza.
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—¿Van al banquete por el Sr. Reyes? —pregunta, y ni siquiera espera nuestra
respuesta—. Es privado, ¿cierto?
—Lo es —dice mi padre, deteniéndose educadamente para hablar con ella, a
pesar de que muere por ver a su padre. Él no puede evitar mirar hacia la puerta
cerrada del abuelo.
La mujer gruñe un poco.
—Desearía que fuera público. Me gustaría ir para coger algunas ideas. Mi
banquete es en menos de dos meses. Puedes apostar a que será público. —Se ríe
un poco, un corto y profundo sonido, luego pregunta—. ¿Puedes venir y
contarme como es después de todo?
Mi madre llega al rescate, como siempre hacen el uno por el otro.
—Quizás —dice Mamá, sonriendo, toma la mano de mi padre y le da la espalda
a la mujer.
Escuchamos un suspiro de decepción y luego el clic de una puerta detrás de
nosotros cuando la mujer cierra la puerta. La placa de la puerta decía Sra. Nash,
y recuerdo que el abuelo nos había hablado sobre ella. Ruidosa, la describió.
—¿No podría esperar por su turno, en vez de hablar de ello en el día del
abuelo? —Bram susurra, abriendo la puerta de la residencia del abuelo.
Ya se siente como un lugar diferente. Más silencioso. Un poco más solo. Creo
que es porque el abuelo ya no está sentado al lado de la ventana. Hoy, el
descansa en una cama en la sala de estar mientras su cuerpo se apaga. Justo a
tiempo.
—¿Me podrían mover hasta estar junto a la ventana? —El abuelo pregunta,
después de saludarnos a todos.
—Por supuesto. —Mi padre alcanza los bordes de la cama y empuja de ella
suavemente hasta la suave luz de la mañana—. ¿Recuerdas cuando hiciste esto
por mí? ¿Cuándo tenía todos esos sueños de pequeño?
El abuelo sonríe.
—Era una casa diferente.
—Y una vista diferente —coincide mi padre—. Todo lo que podía ver era el
jardín delantero y la pista del Tren Aéreo si miraba hacia arriba.
—Pero además de eso estaba el cielo —dijo el abuelo suavemente—. Casi
siempre puedes ver el cielo. Y me pregunto ¿Qué habrá después del cielo? ¿Y
después de esto? Invité a mis amigos a venir, después de que se marche el
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comité —dijo el abuelo—. Y después que se vayan me gustaría estar un tiempo
a solas con cada uno de ustedes. Comenzando contigo, Abran.
Mi padre asiente.
—Por supuesto.
* * *
El comité no se toma mucho tiempo. Ellos llegan, tres mujeres y tres hombres
con largas batas de laboratorio y traen algunas cosas con ellos. Las ropas que
usará el abuelo para el Banquete. Equipo para la preservación del tejido
corporal. Una microtarjeta con la historia de su vida para verla en el port.
Con excepción por la microtarjeta, creo que el abuelo preferirá nuestros regalos.
Después de unos momentos, el abuelo reaparece vistiendo la ropa para el
Banquete. Es ropa sencilla básicamente, pantalones sencillos, una camisa y
calcetines, pero están hechos de un material fino y él ha sido capaz de
seleccionar el color.
Siento que algo se me atora en la garganta cuando veo que el color que ha
elegido para su ropa es un verde claro. Somos muy parecidos. Y me pregunto si
él se daría cuenta de que nuestros Banquetes están muy cerca, porque nacimos
cerca de la misma fecha.
Todos nos sentamos educadamente, el abuelo está en su cama y el resto de
nosotros estamos en sillas, mientras que el comité realiza su parte de la
celebración.
—Sr. Reyes, le presentamos la microtarjeta con imágenes y archivos de su vida
—dicen—. Ha sido recopilado por uno de nuestros mejores historiadores en su
honor.
—Gracias —dice el abuelo, extendiendo su mano.
La caja que contiene la microtarjeta es como la plateada que recibimos cuando
somos emparejados, excepto por el color: dorado. La microtarjeta tiene fotos del
abuelo de niño, adolescente y hombre. Él no ha visto algunas de estas imágenes
en años, y me imagino lo emocionado que está por verlas hoy. La microtarjeta
también incluye un resumen de su vida en palabras, leído por uno de los
historiadores. El abuelo juega con la caja en sus manos como yo lo hice con la
mía no hace mucho en el Banquete de Emparejamiento. Su vida está en sus
manos, al igual que lo estaba la mía.
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Una de las mujeres habla después. Ella parece más gentil que los otros, pero
quizás porque es más menuda y joven que los demás.
—Señor Reyes, ¿ha elegido quién conservará la microtarjeta cuando el día
termine?
—Mi hijo, Abran —dice el abuelo.
Ella sostiene el aparato para las muestras, lo cual, como cortesía final para los
ancianos, La Sociedad permite que se realice de forma privada entre la familia.
—Y estamos encantados de anunciarle que sus datos indican que ha sido
seleccionado para la preservación. No todos califican, como sabrá, y es otro
honor que puedas agregar eso a tu lista de logros.
El abuelo le quita el aparato y le agradece de nuevo. Antes de que ella le
pregunte quien se encargará del asunto, le da la información voluntariamente.
—Mi hijo, Abran, se encargara de esto también.
Ella asiente.
—Simplemente pásese un algodón por la mejilla y coloque la muestra aquí —
ella dice, mostrándole—. Luego séllelo y esto lleva dentro de 24 horas al Centro
de Preservación Biológica. Si no, no podremos garantizar que esa preservación
será efectiva.
Estoy encantada de que el abuelo haya calificado para tener una muestra
biológica congelada. Ahora, para él, la muerte puede que no sea necesariamente
el final. Algún día, la Sociedad, descubrirá la manera de traernos de vuelta a la
vida. Ellos no prometen nada, pero creo que todos sabemos que ocurrirá
eventualmente. ¿Cuándo ha fallado la Sociedad para alcanzar una meta?
El hombre a su lado es el próximo en hablar.
—La comida para tus invitados y tu última comida debería llegar en el
transcurso de una hora. —Él se acerca al abuelo y le entrega una tarjeta de
menú impresa—. ¿Hay alguna modificación de último minuto que le gustaría
hacer?
El abuelo mira la tarjeta y niega con la cabeza.
—Todo parece estar en orden.
—Disfrute su ultimo Banquete entonces —dice el hombre, metiendo la carta en
el bolsillo.
—Gracias. —Hay un gesto extraño en la boca del abuelo mientras él dice esto,
como si supiera algo que ellos no.
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Cuando el Comité se va, todos le estrechan la mano a mi abuelo y le dicen:
"Felicidades". Y juro que puedo leer la mente del abuelo mientras les mira con
ojos penetrantes. ¿Me estas felicitando por mi vida, o por mi muerte?
—Vamos a acabar con esto —dice el abuelo con una chispa en sus ojos, mirando
la colección de dispositivos de tejidos, y todos se ríen de su tono. El abuelo
toma una muestra de su mejilla, pone la muestra en el tubo de vidrio
transparente, y la cierra. Algo de la solemnidad sale de la habitación ya que el
Comité ha desaparecido.
—Todo va muy bien —dice el abuelo, entregando el tubo a mi padre—. Estoy
teniendo una muerte perfecta hasta ahora.
Mi padre hace una mueca, un gesto de dolor cruza su cara. Sé que, que al igual
que yo, preferiría que el abuelo no usara esa palabra, pero ninguno de los dos
piensa en corregir al abuelo este día. El dolor en el rostro de mi padre le hace
parecer más joven, casi como un niño por un momento. Tal vez recuerda la
muerte de su madre —tan inusual, tan difícil en comparación con un Banquete
Final como éste.
Después de hoy, será hijo de nadie.
A pesar de que no quiero, pienso en el niño asesinado de los Markham. No
hubo celebración. No requirió de recogida de tejido, ni despedidas. Eso casi
nunca ocurre, me recuerdo a mí misma. Las probabilidades de que eso ocurra son
casi de un millón a uno.
—Tenemos algunos regalos para ti —le dice Bram al abuelo—. ¿Podemos
dártelos ahora?
—Bram —dice mi padre en tono de reproche—. Quizás él quiera preparar la
microficha para su visualización. Él tiene invitados de camino.
—Yo quiero hacer eso —dice el abuelo—. Estoy esperando ver mi vida pasar
ante mis ojos. Y estoy deseando que llegue la comida.
—¿Qué elegiste? —le pregunta Bram, ansioso. Las selecciones para el abuelo y
sus invitados son las mismas, pero se trata de una ley actual que nosotros
debemos comer la comida de las bandejas y él debe comer la comida de su
plato. No se nos permite compartir.
—Todos postres —dice el abuelo con una sonrisa—. Pastel. Pudín. Galletas. Y
algo más. Pero déjame ver tu regalo antes de hacer nada de eso, Bram.
Bram sonríe.
—Cierra los ojos.
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El abuelo obedece y tiende la mano. Bram sitúa la roca suavemente en la palma
de mi abuelo. Algunas partículas de tierra caen sobre la manta que cubre al
abuelo, y mi madre alarga la mano para limpiarlas. Pero en el último segundo,
retira la mano hacia atrás y sonríe. Al abuelo no le importará la tierra.
—Una roca —dice el abuelo, abriendo los ojos y mirando hacia abajo. Sonríe a
Bram—. Tengo la sensación de que sé donde la encontraste.
Bram sonríe y agacha la cabeza. Mi abuelo se aferra fuertemente a la roca.
—¿Quién sigue, entonces? —pregunta, casi alegremente.
—Me gustaría dar mi regalo más tarde, durante la despedida —dice mi padre
en voz baja.
—Eso no me deja mucho tiempo para disfrutar de él —se burla mi abuelo.
De repente, consciente de mi carta, no quiero que la lea delante de todos, así
que le digo:
—Yo también.
Hay un golpe en la puerta: algunos de los amigos del abuelo. Unos minutos
después de que se les permite la entrada llegan más. Y más. Y a continuación,
llega la nutrición personal, con todos los postres del abuelo —su última comida
y las bandejas separadas para sus invitados.
El abuelo levanta la tapa de su plato y el celestial olor de la fruta caliente llena
la habitación.
—Pensé que te gustaría algo de pastel —dice el abuelo, mirándome. Él me mira,
como el otro día, y le sonrío. A su señal, levanto las cubiertas de las bandejas de
invitados y todos se reúnen alrededor a comer. Yo sirvo a todos los demás
primero y luego cojo mi pedazo de pastel, hojaldrado, cálido y afrutado, y me
llevo un bocado a la boca.
Me pregunto si la muerte siempre tendrá un sabor tan bueno.
Después que todas las personas han dejado sus tenedores y suspiran de
saciedad, hablan con el abuelo, que se recuesta sobre una pila de gruesas
almohadas blancas.
Bram sigue comiendo, atiborrándose a sí mismo picando de todo. El abuelo le
sonríe desde el otro lado de la habitación, divertido.
—Está muy bueno —dice Bram con la boca llena de pastel, y el abuelo se ríe
abiertamente, un sonido tan cálido y familiar que sonrío yo también, y aparto la
mano. Estaba a punto de tocar el brazo de Bram, decirle que saliera de la fiesta.
Pero si al abuelo no le importa, ¿por qué me iba a importar a mí?
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Mi padre no come nada. Él pone un pedazo de pastel en un redondo plato
blanco y luego lo sostiene en sus manos, el jugo se filtra hacia fuera sobre la
porcelana sin que se entere. Una pequeña gota cae al piso cuando se levanta
para decir adiós a los huéspedes del abuelo después de la visualización de la
microtarjeta.
—Gracias por venir —dice papá, y mi madre limpia la gota con la servilleta.
Algunas personas moverán al abuelo cuando él nos deje, y ellos no quieren ver
las señales del Banquete de la persona. Pero no es por eso que mi madre lo hizo,
me doy cuenta. Ella quería quitarle a mi padre toda preocupación, por pequeña
que fuera.
Ella toma el plato de mi padre mientras la puerta se cierra detrás del último
invitado.
—Tiempo para la familia ahora —dice ella, y mi abuelo asiente con la cabeza.
—Gracias a Dios —dice—. Tengo cosas que decirle a cada uno de ustedes.
Hasta el momento, a excepción de ese único momento cuando habló de lo que
podría venir después, el abuelo se ha estado comportando como de costumbre.
He oído que algunos ancianos han sorprendido a todos al final, optando por no
morir con dignidad. Lloran y se enojan y se vuelven locos. Lo único que hace
eso es que sus familias se pongan tristes. No hay nada que podamos hacer al
respecto. Así son las cosas.
Por cierto acuerdo tácito, mi madre, Bram y yo nos vamos a la cocina para dejar
a mi padre hablar con el abuelo en primer lugar. Bram, somnoliento y saciado
por los alimentos, pone su cabeza sobre la mesa y se queda dormido, roncando
suavemente. Mi madre le alisa el pelo castaño rizado con la mano, y yo imagino
que Bram está soñando con postres, con un plato colmado de ellos. Mis ojos se
sienten pesados, también, pero no quiero perderme ninguna parte del último
día de mi abuelo.
Después de mi padre, Bram tiene su turno, y luego mi madre va a hablar con el
abuelo. El regalo que tiene para él es una hoja de su árbol favorito en el
Arboretum. Ella lo recogió ayer, para que los bordes se hubieran puesto
marrones y crujientes pero aún estuviera verde en el centro. Me dijo, mientras
nosotras esperábamos y Bram dormía, que el abuelo había preguntado si podría
tener su Banquete Final en el Arboretum, bajo el cielo azulado. Por supuesto, su
solicitud fue denegada.
Mi turno es el último. Cuando entro en la habitación me doy cuenta de que las
ventanas están abiertas. No es una tarde fría, y siento la brisa soplar urgente y
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caliente por el apartamento. Pronto, sin embargo, será de noche y las cosas
serán más frescas.
—Quería sentir el aire en movimiento —me dice el abuelo cuando me siento en
la silla al lado de su cama.
Le doy el regalo. Él me da las gracias y lo lee.
—Estas son palabras bonitas —dice el abuelo—. Buenos sentimientos.
Me siento contenta, pero puedo decir que hay algo más por venir.
—Pero ninguna de estas palabras son tuyas, Cassia —dice el abuelo
suavemente.
Las lágrimas repican en mis ojos y miro hacia abajo a mis manos. Mis manos
que, como casi todos los demás en nuestra sociedad, no pueden escribir, sino
que sólo saben usar las palabras de los demás. Palabras que han decepcionado a
mi abuelo. Ojalá hubiera traído una piedra como Bram. O nada en absoluto.
Incluso viniendo aquí con las manos vacías hubiera sido menos decepcionante
para el abuelo.
—Tú tienes tus propias palabras, Cassia —me dice el abuelo—. He oído algunas
de ellas, y son hermosas. Y me las has regalado visitándome a menudo. Todavía
me encanta esta carta porque es tuya. No quiero herir tus sentimientos. Quiero
que confíes en tus propias palabras. ¿Lo entiendes?
Miro hacia arriba a sus ojos, e inclino la cabeza, porque sé que es lo que él
quiere que haga, y puedo darle ese regalo, aunque mi carta es un fracaso.
Y entonces pienso en otra cosa. Desde ese día en el Tren de aire, he mantenido
la semilla de álamo en el bolsillo de mi vestido de civil. La saco ahora y se la
doy.
—Ah —dice, lo eleva para mirarlo más de cerca—. Gracias, querida. Mira. Esto
es arrastrado por las nubes de gloria.
Ahora me pregunto si el abuelo se empieza a ir ya. No sé lo que quiere decir.
Echo un vistazo a la puerta, preguntándome si debo conseguir a uno de mis
padres.
—Soy un viejo hipócrita, también —dice, con sus ojos traviesos de nuevo—. Te
dije que usaras tus propias palabras, y ahora te voy a pedir las de otra persona.
Déjame ver tu compacto.
Sorprendida, se lo tiendo. Él lo coge y lo palmea fuertemente contra la palma de
su mano, algo se tuerce. La base del compacto se abre y doy un grito ahogado
cuando un documento cae. Puedo ver de inmediato que es viejo; pesado, espeso
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y cremoso, no manchado y blanco como los rizados papeles que salen de los
puertos o de los escribas.
El abuelo desenrolla el papel con cuidado, gentilmente. Trato de no mirar
demasiado de cerca, en caso de que no quiera que lo vea, pero con una mirada
puedo decir que las palabras que contiene son antiguas, también. Del tipo que
ya no se usan, las letras son pequeñas y negras y apretadamente juntas.
Sus dedos tiemblan, ya sea por el final de su vida acercándose o por lo que tiene
en la mano, no lo sé. Quiero ayudarlo, pero puedo adivinar que es algo que
debe hacer por sí mismo.
No le lleva mucho tiempo el leer el papel, y cuando termina, cierra los ojos. Una
emoción que no puedo descifrar cruza su cara.
Algo profundo.
Luego abre los ojos brillantes, hermosos y mira directamente hacia mí mientras
dobla el papel de nuevo.
—Cassia. Esto es para ti. Es aún más valioso que el compacto.
—Pero‖es‖tan<‖—me detengo antes de que pueda decir la palabra peligrosa.
No hay tiempo. Oigo a mi padre, a mi madre y hermano hablando en el pasillo.
El abuelo me mira con amor en sus ojos, y tiende el papel hacia mí. Un reto, una
ofrenda, un regalo. Después de un momento, lo cojo. Mis dedos se envuelven
alrededor del papel y él lo deja ir.
Él me devuelve el compacto, también, el papel se ajusta perfectamente en el
interior. Cuando el artefacto vuelve a estar cerrado, el abuelo se inclina hacia
mí.
—Cassia —susurra—. Te estoy dando algo que no vas a entender, aún. Pero
creo que algún día lo harás. Tú, más que los demás. Y, recuerda. Está bien
preguntar.
Él permanece un largo rato. Es una hora antes de la medianoche en una noche
azul oscura cuando el abuelo nos mira y dice la mejor de todas las palabras con
las que se puede poner fin a una vida.
—Te amo. Te amo. Te amo. Te amo.
Todos se lo dicen de vuelta. Cada uno a su manera y él sonríe. Él se inclina
hacia atrás en sus almohadas y cierra los ojos.
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Todo dentro de él ha trabajado perfectamente. Él ha vivido una buena vida. Se
termina cuando se supone que es el final, en el momento justo. Estoy
sosteniendo su mano cuando él muere.
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